A todos nos llega la edad en que sentimos que la vida pasa, y que sólo somos espectadores del bullicio, del gentío, de la diversidad que corre a la orilla de nuestra ventana.
Acomodamos nuestra silla en el umbral, acunamos el mate, el diario, la vida ya es de los otros. Las aventuras, las calamidades, los avatares del vivir nos han dejado atrás.
Somos grandes, maduros, mayores.
Somos responsables. O lo fuimos, o debimos haberlo sido. Hemos ganado nuestro derecho al respeto, al saludo obligatorio de los demás. ¿Hemos ganado?
Un día de estos largo todo y… y vivo, pues.
Este es un perro que siempre veo cerca de mi barrio, un perro que no es de la calle, pero no recibe mucho cuidado de sus dueños (una pareja de ancianos que sale por las tardes a sentarse a la vereda).
Desde siempre me gustó su pelo y su actitud. Y por eso la foto.
Play para escuchar “Todos estos años de gente” de Luis Alberto Spinetta.
En mi barrio hay un hombre de la bolsa. O de las bolsas, porque como luego supe, lleva siempre varias cargadas con lo que supongo son papeles.
Una vez me pidió un vaso con agua. Y mi abuelo, que estaba conmigo, empezó a hacerle preguntas. Que cuántos años tenía, que dónde y con quién vivía, que si trabajaba… Vagamente recuerdo sólo algunas de las respuestas. Tenía un poco más de 40 años, y vivía con una hermana.
Ese día -como casi todos los días por aquí-, hacía mucho calor. Noté que entre sus ropas también llevaba papeles. Sentí que le dolían las manos, pensé en acompañarlo y ayudarle, pero me ganó la pereza. [Sigue...]